Revista Puerta de Embarque

Desembarco en Cabo de Hornos

By on enero 7, 2014

Los barcos Australis recorren los desconocidos fiordos patagónicos desde Punta Arenas, en Chile, hasta Ushuaia, en Argentina.

Cabo de Hornos, el último cabo de Sudamérica.

Cabo de Hornos, el último cabo de Sudamérica.

«Si te portas mal te llevaré a Tierra del Fuego», el último confín del planeta, dicen algunas madres chilenas a sus hijos. Y es que llegar hasta el sur de Sudamérica no es una tarea sencilla, a no ser que trabajes para la armada chilena o en uno de los pocos pesqueros que capturan centollas y calamar.

La isla más grande de Sudamérica espera silenciosa al final del continente. De tamaño similar a Irlanda, está compuesta por una serie de islas menores que se desgranan entre imponentes fiordos, glaciares y bosques subantárticos, buscando el solitario Cabo de Hornos.

Carancas.

Fue Hernando de Magallanes quien descubrió, en 1520, el estrecho que lleva su nombre. Bautizó a la zona como ‘Tierra de los Fuegos’, debido a las fumarolas que los indígenas encendían para protegerse del frío austral. En la actualidad, Tierra del Fuego es compartida entre Chile (parte occidental) y Argentina (sector oriental).

Para acceder desde el continente latinoamericano es necesario surcar las frías aguas del Estrecho de Magallanes, la principal vía natural que conecta los dos mayores océanos del mundo, el Pacífico y el Atlántico. Desde Punta Arenas, la tranquila, colorida y ventosa capital de la Región de Magallanes y Antártica Chilena, parten los barcos Australis, los únicos que recorren estos recónditos rincones vírgenes.

El hogar de los elefantes marinos

Despertar navegando por los canales patagónicos, mirar por la ventana del barco y ver los témpanos de hielo flotando en el agua color turquesa, sin otro ruido que el de las frías olas marinas, es una experiencia inolvidable. Los dos motores de 1.400 caballos de fuerza impulsan al Stella Australis hasta la Bahía Ainsworth, una espectacular playa donde vive una colonia de elefantes marinos.

Desembarco en la Bahía Ainsworth.

Desembarco en la Bahía Ainsworth.

A lo lejos, entre ocres primaverales, copos de nieve perdidos y cursos de agua serpenteantes, se distingue el glaciar Marinelli, que desciende desde el campo de hielo Cordillera Darwin, de 2.300 kilómetros cuadrados, el tercero más grande del país. En los últimos años, y debido al cambio climático, el glaciar Marinelli ha retrocedido unos 14 kilómetros.

pinguino_magallanes

Resguardados de las bajas temperaturas en el crucero de expedición continuamos el viaje. Los pingüinos magallánicos, las gaviotas australes, los cormoranes y los chimangos, un ave de rapiña parecido al halcón, observan con curiosidad a los expedicionarios que toman fotos desde las zodiacs. Parece mentira que quepan tantos pájaros en los Islotes Tuckers.

En una noche de navegación llegamos a un silencioso fiordo plagado de vegetación y trozos flotantes de hielo. A lo lejos se escucha caer al mar pedazos centenarios del glaciar Pía, de más de un kilómetro de largo y 100 metros de alto. Un tranquilo paseo por el Parque Nacional Alberto de Agostini, declarado Reserva Mundial de la Biosfera, y un whisky con chocolate y hielo del glaciar nos devolverán nuevos al Stella Australis.

Glaciar Pía.

Glaciar Pía.

Por la tarde, y después de una copiosa comida a base de pescados (salmón y merluza austral), carnes (cordero y ternera) y los mejores caldos chilenos, el barco navega pausadamente por la Avenida de los Glaciares, que cuelgan desde las alturas fueguinas en dirección al océano.

Cabo de Hornos

Otra noche de travesía nos distancia del mítico faro de Cabo de Hornos, el punto más austral del archipiélago fueguino, a tan sólo 950 kilómetros del continente antártico. Aunque desembarcar aquí es complicado debido a la bravura del mar, conseguimos tocar tierra.

Juan Daniel Hernández, sargento segundo, y Jorge Padilla, marinero primero, esperan impacientes la llegada de los turistas. Sólo ven gente dos días a la semana, cuando los Australis pasan por el desolado islote, donde hay una temperatura constante entre 2 y 8 grados y vientos de entre 40 y 200 kilómetros por hora.

El sargento segundo nos confiesa que han cambiado 13 banderas chilenas en menos de un mes. El aire no da tregua. Junto al faro se encuentra una pequeña capilla de madera dedicada a la Virgen del Carmen. En un costado, mirando al mar, hay otra inesperada estatuilla sagrada, la Virgen del Pilar.

Antes de llegar de Ushuaia, en Argentina, queda una última parada, la idílica Bahía Wulaia, repleta de árboles con digueñes, un hongo esférico anaranjado que crece en diferentes especies de ‘Nothofagus’. Allí hubo un importante asentamiento de kawésqar, una de las etnias de indígenas que habitaron la zona. Los españoles no llegaron hasta aquí, pero los ingleses sí.

En 1830 Jimmy Button, y otros tres kawésqar, fueron trasladados a Inglaterra en el HMS Beagle, capitaneado por Robert Fitz Roy. La idea era ‘civilizar’ a los indígenas y mostrárselos a la sociedad inglesa. En diciembre de 1832, El Beagle regresó a Bahía Wulaia con Jimmy Button y con Charles Darwin a bordo.

El naturalista inglés opinaba que: «Jamás hubiese imaginado qué tan grande es la diferencia entre salvajes y gente civilizada. Es mayor que la de un animal salvaje y uno doméstico, en cuanto que la capacidad del mejoramiento de la especie humana tiene mayores exigencias».

Bahía Wulaia.

Bahía Wulaia.

Comienza el genocidio

Sus palabras fueron premonitorias. Años más tarde comenzó un genocidio protagonizado por las enfermedades que les transmitieron los primeros misioneros, por un estado inexistente y por unos estancieros y buscadores de oro que pagaban una libra esterlina por cada indígena muerto.

Además de los kawésqar, los selknam (también conocidos como onas) y los yamanas (yaganes) habitaban la Tierra del Fuego. A pesar del intenso frío, prácticamente vivían desnudos. Se desplazaban, junto a toda la familia, los utensilios, la comida y una hoguera, en sus canoas fabricadas en madera de coigüe o ñirre, dos árboles del sur de Chile. Hoy, la última representante del pueblo yagán, Cristina Calderón, es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Cumplió 85 años en mayo de 2013.

A los exterminadores humanos les ha salido un duro competidor, el castor canadiense. A mordiscos, y sin depredadores naturales, este roedor va conquistando Tierra del Fuego y las islas adyacentes al Canal Beagle, a una velocidad media de seis kilómetros al año, siempre hacia el norte. Y como los castores, nuestro Stella Australis se dirige al norte, a Ushuaia, una activa y peculiar ciudad argentina.

Ushuaia, la última ciudad argentina.

Ushuaia, la última ciudad argentina.

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