Revista Puerta de Embarque

Las islas de la sabrosura

By on marzo 6, 2018

Para empaparse de la Colombia más genuina hay que viajar hasta sus islas -reconocidas por el viajero americano, casi desconocidas por el europeo-, donde te deleitan su diversidad, exotismo y exuberancia.

Islas del Rosario. A una hora en barco de Cartagena de Indias el tiempo se detiene al sentirte inmerso en playas de postal, rodeadas de vegetación selvática, manglares, lagunas interiores o arrecifes de coral. Y aún hay más: es probable que, elijas la isla que elijas, no la compartas con más de diez personas. Algunas son privadas, pero otras cuentan con posibilidad de alojamiento.
Si te atraen las costas turquesas, nadar entre peces de colores, comer marisco fresco, degustar frutos del mar acompañados de arroz cocido con leche de coco, lucir collares de semillas entrelazados por los nativos, disfrutar de la fusión del sol con el horizonte sobre una hamaca, admirar los cielos estrellados, sentir el silencio o dormir en cabañas de madera entre vegetación autóctona, debes pernoctar en estas islas. Casi todos visitan Islas del Rosario por el día, pero si te quedas a dormir el lugar será casi tuyo por entero.
• Para perderse. Elige Isla Pirata –auténtica, alejada de cualquier resort turístico– o San Pedro de Majagua, el lujo enmarcado en la sencillez: solo diecisiete suites inmersas en plena naturaleza.

 

 

San Andrés. Un cielo azul que se funde con un mar de siete colores es el entorno que envuelve esta isla: subiendo a La Loma, el punto más alto de la isla (120 metros) se observan claramente las distintas tonalidades. Sobrevolar la isla ya es un espectáculo en sí mismo. Se puede llegar en avión desde Cartagena y Bogotá. Un destino que mezcla culturas, idiomas, sabores y colores e invita a los viajeros a vivir el estilo isleño con intensidad, bañarse en piscinas naturales, tomar el sol en playas tranquilas, bailar al ritmo del reggae y rodear la isla en carrito de golf. Los amantes de la fauna autóctona no deben perderse Old Point, un santuario de especies silvestres, con cangrejos, iguanas y aves. Y los que buscan la postal caribeña deben embarcarse en una lancha para alcanzar Johnny Cay: playas de arena blanca que abrazan el verdor de las palmeras; bajo ellas una sombra fresca en la cual se prueban mojarras fritas con plátano y el Coco Loco (ron, piña colada y granadina, servido dentro de la corteza del coco). De las hojas de palma elaboran sombreros, canastas y un sinfín de artesanías. También en lancha se llega a Rose Cay, más conocido como El Acuario porque sus tres barreras de coral concentran peces de miles de formas y colores, erizos, estrellas de mar y anémonas. Es un cayo muy pequeño, que solamente cuenta con un restaurante donde almorzar pargo rojo frito y el delicioso arroz con coco.
• El consejo. Reserva en La Regatta, uno de los restaurantes más famosos de San Andrés. Es perfecto para una cena a orillas del mar saboreando el autóctono caracol pala en salsa de coco, langosta, pulpo, cangrejos y camarones.

 

 

Providencia. Bienvenidos a un entorno selvático y a playas vírgenes carentes de construcciones y hasta de personas. Se trata de un enclave en el que se habla idioma criollo y uno se aloja en posadas o en casas de huéspedes: es una isla poco explotada, uno de los destinos más tranquilos que puedas imaginar. Playas solitarias, naturaleza virgen, casas tradicionales, arquitectura autóctona y ni un solo resort ni edificio moderno. El verdadero lujo. Largos paseos, una gran barrera de coral, el único bosque seco tropical de las Antillas, puestas de sol silenciosas, las aguas cristalinas de la imprescindible playa Manzanillo y un ambiente apacible y auténtico. Solo hay dos formas de acceder a Providencia: en pequeños aviones que parten desde San Andrés o en barco, zarpando de la misma isla. Precisamente este aislamiento es lo que contribuye a conservar su belleza natural intacta.
• La visita imprescindible. La bahía de Maracaibo tiene posiblemente la panorámica más bella de la isla. Aquí se encuentran la laguna y el Parque Nacional McBean, junto con Cayo Cangrejo (a pocos minutos en kayak): el color del mar que lo rodea es espectacular.

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