Revista Puerta de Embarque

En agosto: vuelo a Riga

By on agosto 26, 2015

Riga está en Letonia. Lo sabíamos desde que fue la sede del festival de Eurovisión en 2003 (la televisión tiene esas cosas culturales). En 2004 pasó a ser país integrante de la Unión Europea, y en 2014 se empezó a usar el euro como moneda oficial.

En agosto la temperatura en el país báltico ronda los +20º C (conviene aclararlo porque en invierno pueden llegar a -20º C), y la luz solar parece inmortal: casi veinte horas de claridad (entre cegadora y espectral). Y ahora -es decir: durante todo el verano- la compañía aérea WizzAir vuela diariamente desde Barcelona. Este agosto puede ser el momento de visitar por primera vez Riga; de extasiarse con su espectacular patrimonio arquitectónico, de sentarse en alguna sus terrazas de verano, de probar su peculiar gastronomía… y de practicar inglés (el letón ya es más complicado) en compañía de un letón/letona. Este último dato es importante (si viaja sin pareja) porque otra manera de quedarse con la boca abierta es ver el deambular de los jóvenes especímenes que pueblan sus calles, que -y sin poder aclarar el por qué- a su sobrada altura, la genética les ha dotado de una belleza singular. Créanme, llévense ‘ropa adecuada’… son muy guapas/os.

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Si sus intenciones no van dirigidas a socializarse con algún acompañante autóctono que haga de cicerone, puede optar por guiarse a sí mismo, la ciudad es fácil de ver y agradable de pasear: Avenidas anchas, parques con ríos y ríos con puentes, amplias plazas, sinuosas callejuelas adoquinadas repletas de tiendas curiosas (no hay bazares chinos de frutos secos) y de músicos callejeros tocando la flauta; y sobre todo, seguridad día y noche.

Para aquellos que piensan que es una ciudad anodina, por aquello de haber pertenecido tantos lustros al imperio soviético, se equivocan, porque se encontrarán con la sorpresa y el placer de conocer de cerca «la París del Báltico», como la etiquetaron los afortunados turistas que la visitaban a principios del siglo XX. Y tenían razón, porque a principios del siglo pasado, a su fabuloso patrimonio arquitectónico modernista se unía el gusto cosmopolita de sus habitantes que miraban a la Vieja Europa. Cuando a mediados del siglo XIX se derribaron las murallas que la encorsetaron durante la Edad Media, lo que era un muro se convirtió en canales artificiales y bulevares; y se ensanchó la ciudad con parques y amplios espacios, donde reputados y talentosos arquitectos construyeron magníficos edificios al dictado de la corriente artística más moderna que imperaba en ese momento, que era el art nouveau. Durante los últimos años del siglo XIX y hasta la I Guerra Mundial, Riga fue considerada la ciudad más importante -¡y bella!- del imperio ruso (después de Moscú y San Petersburgo).

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Los estragos de La Segunda Guerra Mundial no llegaron a algunas calles de la ciudad, que hoy dan testimonio de la evolución estética en las creaciones artísticas de las fachadas de sus edificios. Las calles Alberta y Antonijas son un catálogo de espléndidos edificios ornamentados con bestias mitológicas, duendes, máscaras chillonas, atlantes, cariátides y florituras varias del más puro estilo jugendstil. Muchos edificios son obra de Mikhail Eisenstein (padre del cineasta Sergey y autor de la mítica película El Acorazado Potemkin). Otros edificios, firmados por Konstantins Peksens y Eizens Laube, exhiben, por el contrario, dragones, soles y estrellas, elementos más propios de la etnografía nórdica. El nº 11 de Alberta iela (calle) tiene un cierto aire al neoyorkino edificio de apartamentos Dakota. En el nº 12 de la misma calle se encuentra el Museo del Art Nouveau, que recrea la vida de los ricos del 1900; y el nº 13 está el antiguo y tradicional restaurante Albert 13, pródigo en decoración interior art nouveau. Es un barrio donde se ven coches deportivos y restaurantes de moda, como el muy recomendable Muusu (Antonijas iela, 13), que tiene platos de diseño a precios razonables.

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Un paseo por el pulmón verde de la ciudad, el parque Bastejkalus, nos conducirá al casco viejo. Allí el perfil de sus edificios es el medieval (restaurado). Y seguimos admirando fachadas: La Casa de los Cabezas Negras, repleta de escudos, santos y pendones; y si miramos hacia arriba descubriremos el Gato Negro, escultura de un felino encrespado, símbolo turístico de Riga, que corona la cúpula de un edificio (hoy de oficinas) y que fue colocado por un rico comerciante en el siglo XV.

En otro contexto, es ineludible la visita al Mercado Central. Salvando las comparaciones, es como ir a París y no ver el Louvre; claro que aquí los cuadros están vivos: bodegones de fruta, canastas con bayas silvestres, salmones, arenques, bacalaos, cestas de pescados secos, ristras de salchichas, chuletones… Uno de sus atractivos es su ubicación, ya que está situado en cinco enormes naves (de 35 m. de alto), que fueron hangares de zepelines en la I Guerra Mundial.

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Para la foto de recuerdo hay que ir al Monumento a la Libertad, en verano se puede posar junto a los soldados que lo custodian con marcialidad, porque en invierno cuando las temperaturas caen por debajo de los menos diez grados, los guardas quedan liberados de la encomienda.

Riga tiene un reloj en una plaza, el Reloj de Laima, construido en la era soviética para que los currantes que no tenían reloj de pulsera, nunca llegaran tarde al trabajo; ahora, en la era digital, el histórico reloj (que aún funciona) es el ‘punto de encuentro’ para las citas… No lo olvide… por si liga.

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Cómo ir
La low cost WizzAir (www.wizzair.com) conecta diariamente Barcelona con Riga. El vuelo dura tres horas y media.

Alrededores de Riga
Como es verano, puede acercarse a la playa. La más cercana a Riga es Jurmala (www.jurmala.lv), la meca del veraneo letón.

También puede explorar alguno de los parajes boscosos como el Parque Nacional de Gauja y pasar un día intenso visitando el Museo-Reserva de Turaida (www.turaida-muzejs.lv) y su castillo medieval; o practicar deportes de aventura en Tarzans (www.tarzans.lv)

Más información: www.latvia.travel

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